miércoles, 12 de agosto de 2009

Neutrogena noruega I

Empezaba bien el viaje al ser el único de manga corta que se bajaba del avión. Empezaba bien el viaje al darme cuenta de que el hotel que había reservado estaba a dos horas del lugar de trabajo, como si curras en Burgos y duermes en Madrid.




Al fondo se ven los barcos de asistencia de las petroleras y los cruceros turísticos. A la derecha construcciones medievales del puerto.

El autobusero de la línea del aeropuerto a Bergen centro me dió una gelidísima bienvenida con una tarifa del equivalente a 20 euros -para un trayecto que podría ser el cogerte la Conti de Alcalá a Canillejas- y con el aire acondicionado puesto. Si en Dubai descubrí que los muy hijoputas dejaban el coche encendido para que al volver estuviera fresquito aquí en Noruega funciona la maquinita del aire aunque fuera haga unos 15 ºC, que es lo que hace, chaquetita y las chicas con los brazos pegados al andar por la calle.



-¿Todavía prefieres morir de pie que vivir de rodillas? -¿Sabes? Me la pela, hoy llevo una camiseta molona.

Lo que hace acordarte a la larga de un país es el paisaje y el paisanaje. El paisaje noruego es lo que nos cuentan en la tele, el país de los fiordos. Imaginemos islas, grandes entradas de mar, frondosos bosques de hayas y abetos, riscos junto al mar; todo eso junto es lo que se ve desde el avión al aterrizar en Bergen. Todo ello es bonito por separado, así que tiene que serlo junto.



Vista desde el hotel.







Bergen desde lo alto.


Bergen es una ciudad no demasiado grande, una ciudad de tradición marinera al final de una retorcida bahía y protegida por siete montañas que se levantan allá donde se acaba la bahía. Casas aparentemente de madera se desperdigan por las lindes de dichas montañas a lo largo de la lengua de mar.

Una vez llego al hotel una vez que salgo a dar el pateo que me permita cumplir con lo que dicen las guías que hay que visitar. Pero al salir veo que hay mucho helicóptero e hidroavión por el cielo, aparatos que de repente pican y amerizan tras unas antiguas casas de madera, así que allá voy. Dichas casitas en línea a lo largo de la bocana principal del puerto es Bryggen, la parte más antigua de la ciudad, reconstruida tras un incendio al principio del siglo XVIII.




Bryggen




Hidroavión

Para dirigirse allí hay que pasar por el mercadillo y por la lonja del pescado. Allí no sé si realmente estoy allí en Bergen o me he quedado en Barajas, en una de esas abducciones que puede realizar sobre los viajeros el Gran Barajas. Cientos de españoles hablando de las gambas, de los bueyes de mar, de las langostas, del salmón mucho mejor que el del Corte Inglés, qué dónde va a parar, y, oye, que los que despachan son también españoles. Así estoy flipando, mirando fijamente a los pescaderos cuando uno, sin que yo abra la boca, me dice: “Qué te pongo, chaval”. Despierto y resulta que sí, que son gallegos, catalanes, valencianos, chilenos, son mecánicos y pescadores que currelan en las flotas que hacen la temporada Noruega arriba a partir de Octubre, y que mientras tanto, aquí están currando en la lonja de Bergen vendiendo la merca del mar a precio de oro. Después de que uno de ellos me dé a probar varias cosas, me llevo un taco de carne de ballena ahumada, el jamón de Jabugo del mar, y así hay que cortarla. Finísimas lonchas, un chorrito de aceite y limón, vino blanco y a gozar.

Los otros españoles, los que dejan las coronas y se llevan los salmones, pertenecen a las hordas de turistas que se suben a los cruceros que empiezan la ruta de los fiordos en Bergen. La maniobra es tal que así: vuelos charter hasta Bergen, autobuses fletados con guía de micrófono, medio día en Bergen, a subirse al crucero, el capitán hace sonar la bocina para que haga eco en la bahía y vacaciones en el mar.




La iglesia de Santa María, del siglo XI, edificio más antiguo de Bergen, y los autobuses que no dejan de llegar.


Después de forzar la maquinaria del coche de San Fernando para llegar al helipuerto y de ver todo el centro me empieza a tirar la idea de subir al monte más alto de los siete que rodean la ciudad: el Floyfjellet (como es Noruega, ya sabéis, la o con barra que la cruza). Son 417 m de altura junto al mar, así que la subida merecerá la alegría. Sube directo un funicular que sube con una inclinación de 26º, es decir que en España pondría una señal de peligro con la rampa picando arriba y un 44 % al lado, a subir en primera, para entendernos.



Prefiero subir andando entre el bosque, y mejor, porque ahí me esperaba el paisanaje además del paisaje que se da por hecho en la subida a una montaña. Los noruegos, ellos y ellas, son corpulentos, con tendencia al rubio platino en las cabelleras, y algo desgarbados. El caso es que la subida al Floyen está llena de empinadas sendas y típicas barras para entrenar y el lugar, no sé si tendrá que ver el atletismo, está llenito de divinidades vikingas. A dichas deidades me gustaría hacerlas saber que soy latino, tan latino como Lorenzo Lamas, latino toda la noche, latino toda la mañana. En estas diquisiciones llego a la cima y las vistas, de la ciudad, compensan el esfuerzo.

miércoles, 27 de mayo de 2009

La ruta de la pizarra, una de cal y otra de arena III

Al lío, que pasa el tiempo y se me quedan muchas crónicas demasiado tiempo en la tergivensante memoria, y es entonces cuando empiezan a deformarse, ya que el paso del tiempo hace que la crónica coja una forma diferente a la fresca original, y creo que la crónica tiene que ser fresca para ser fiel a su propio estilo.


Al lío, decía que había un puente para suicidas en el río Jarama. Que no había huevos ni lógica para cruzarlo y que tampoco había tiempo para dar la vuelta, que la noche tenía prisa. Todos los refugios que había contemplado a lo largo del día quedaban ya lejos.

Así que había que quedarse a dormir al raso. Puedo decir que he dormido sólo en la montaña, no es una experiencia fácil. Creo que es más fácil dormir solo en el Himalaya que en el monte por aquí más que nada porque es más de esperar.


Cuando estás solo, es de noche y estás en el campo pues la mente se pone a funcionar. Y cuando la mente se remanga y le da a la rueda pues suele para pensar en cosas en negativo que en positivo. Y es cuando entran los canguelos. Mi principal obsesión era no ser visto ni oído, ni por personas ni por animales (se me puede ir, pero en los extraterrestres o en lo paranormal no creo). Mis principales preocupaciones eran que me viera un guarda forestal, que un jabalí herido o una jabalí madre con sus crías me empujaran hasta tirarme al río o que los jipis de Matallana vinieran a robarme. Ahora parecen preocupaciones absurdas pero en esos momentos cualquier cosa se pasa por la cabeza.

A pesar de la paliza del día imposible dormir. Seguí la norma de no mirar el móvil para no rallarme al ver que las horas pasaban y yo seguía comiendo cielo. Tenía una linterna frontal y me podía poner a leer o escribir pero eso contradecía mi política de no ser visto ni oído. De vez en cuando se oían ruidos cerca supongo que de animales entre los arbustos, entonces yo me movía para hacer ruido y ahuyentar a los visitantes. Me metí en una zona muy arbustadas para que si algo llegaba yo lo oyera llegar. También tuve la prevención de meter la navaja y unos piedrolos en el saco, que nunca se sabe en el mundo de las presas y los depredadores y la pirámide alimentaria. Arriba tenía millones de estrellas, estrellas fugaces muy a menudo, sombras, los afilados y oscuros perfiles de las montañas del olvidado macizo de Ayllón, el silencio lejano, el murmullo constante del Jarama...y de vez en cuando un extraño sonido que se repetía más de lo que quisiera para poder dormir: algo que me recordaba a un golpe de hacha contra un tronco, o a una gran piedra cayendo (improbable por lo periódico del sonido).



Amanecer.



Y en ésas me dormí, y con el frío extremo del alba me desperté, no debí dormir mucho. Tiritando voy a beber del bidón de la bici y está congelado, y como fui al colegio, sé que eso significa que estamos a bajo cero. Que el tiempo acompañó en los días pero que el rocío de la mañana y la bajada de temperatura se juntan y hacen de las suyas. Luego me dijo mi padre que con el sencillo hecho de poner un plástico o unos periódicos debajo del saco pues habría evitado levantarme muerto de frío.


Pues nada, como había poco que hacer pues a salir. Y nada, más de lo mismo, camino imposible para la bici, lleno de zarzas, así que a repetir la operación de ir primero con las alforjas y luego volver a por la bici. Al rato descubro el ruido de por la noche: en una loma cercana hay un rebaño de cabras, que se están dando de hostias entre ellas, a ponerse de patas, dejarse caer y galletazo en las cabezas.
Las mañana se me hace horrible, sólo deseo llegada de camino o carretera para poder ir sobre la bici, el sueño y el hambre hacen que lo vea todo peor de lo que es. Por fin llego a Roblelacasa, y empiezo a disfrutar de una agradecida carretera en bajada, me da por mirar atrás a las alforjas y veo que no llevo la cámara. Joder. A volver a por ella, debe haberse caído entre tanto golpe en la subida. En el pueblo pregunto a la gente por si ha visto la cámara, y como ya estoy hasta la polla de tirar de la bici les digo a unos que me la guarden por favor, que he perdido una cámara y vuelvo andando a buscarla. Cuando ya me alejo miro a la bici y veo que la bolsa de la cámara se ha dado la vuelta y está debajo de una de las alforjas; paso de dar explicaciones y aprovecho que se meten en la casa e irme corriendo con la bici para que no piensen que estoy mal de la azotea. Ya me voy feliz con la cámara y con ganas de llegar a un pueblo con restaurante. Vale ya de mala racha.



Vega del Jarama.


Llego al mismo restaurante del día anterior, y después de un poco de aseo, café con leche y bocata de tortilla y hora más avanzada puedo seguir con alegría. Me llego una vez más al embalse de El Vado, voy a seguir el curso del Jarama para alcanzar la única vega que forma en esta zona. Un bello paraje que, cómo no, supieron aprovechar los frailes y donde legaron un bello monasterio que hace que pervivan en la historia, el monasterio de Bonaval.



Monumento natural.




Las ruinas cistercienses.


Allí me crucé de nuevo con el Jarama, y unos pocos kilómetros más arriba cerré el círculo en Retiendas.


lunes, 4 de mayo de 2009

Viaje en bicicleta al centro de Madrid, no hay gajes. La Criticona

La siguiente crónica también puede encontrarse en WWW.BRITPOPCORN.COM, fantástica y cuidada página que recomiendo a quien les guste la música, la cultura internacional, las bicicletas, y sobre todo buen humor. Así mato dos blogs de un tiro:


Tenía muchas ganas de ir a algo de todo lo que había organizado en torno a la BiciCrítica de este mes, pero pasaban los días desde el jueves y nada, ya sólo me quedaba poder ir a la Criticona del sábado, que prometía. Pensaba que me iba a tocar ir solo, pero al final se apuntaba Edu NTN, uno de los pocos con los que podía contar para algo así. Pero el mismo sábado, estudiando en la biblioteca, nos encontramos con Paul, un amigo de la uni que va a todos lados en bici y que no sabía de la BiciCrítica y ahora le encanta, como no podía ser de otra forma. Y entonces también se sumó otro amigo estudiante biciclista, Christopher, que se trajo una joyita del año 73 que era de su padre.

Así que nuestra BiciCrítica empezó a las 5 de la tarde, tras tomar el té, y no empezó en Cibeles sino en la Conti, donde no ponen problema para meter las bicis en la bodega del bus, así que ya sabéis, una alternativa al Cercanías.

Tras pasar por San Juan Bautista para pillar la bici de Edu NTN pues pusimos rumbo a la diosa del carro y los leones (igual que va gente con monociclos y patines podía venirse algún día, que el carro tampoco contamina). Daba gusto ir con la bici por las calles, que aún estaban vacías, ya se sabe que las siestas se alargan los festivos.




Edu bajando por las tranquilas calles de Madrid. Esta vez evito tapar su rostro por petición del ala femenina de la red.


Al llegar a la susodicha, pues flipamos. No sé si sería por la tarde de verano, porque era festivo, o por lo que fuera el caso es que estaba a reventar. Yo creo que fue de largo la BiciCrítica más concurrida. Como siempre había todo tipo de personas y personajes, bicicletas y engendros de bicicletas. Ha surgido una variante que yo no había visto nunca y son unas bicis de altura, no porque sirvan para moverse por el Himalaya sino porque han puesto dos cuadros uno encima de otro, con lo que vas pedaleando como a metro y medio del suelo, sólo apto para malabaristas.
Como sabéis, el cachondeo y el buen rollo durante el paseo es habitual, así que con eso y con el calor el cuerpo nos pedía unos litros críticos; en cuanto pudimos nos desvíamos para buscar unos chinos, a quienes se la bufa el dos de mayo y también curran.





La llegada a la Cibeles. El calor se traía las gomas al asfalto.





Stop CO2, my friend.





La bota de vino nunca falla



Chicas y bicis con estilo, compatible.





Y más bicis con estilo, compatible.




¡Atención! Remolque ciclista ¿llevará cervezas?




Para evitar la deshidratación


Se salió casi una hora más tarde de lo previsto pero a nadie le importaba, en una tarde así nadie mira el reloj. Que conste que al final fueron 5 horas de marcha, hasta la parada final y definitiva en una de las puertas del cementerio de la Almudena. ¿Por qué acabar en un cementerio? No, por ningún motivo macabro, sino porque había fiesta final en el C.S.O. El Dragón.

El recorrido, como siempre, fue bastante anárquico, pasando arriba y abajo por el centro, descanso en el Palacio Real, y larga pedalada hasta La Elipa, que yo no conocía, y resulta que está un poco en casa Cristo. Se dieron las vueltas de rigor a la Cibeles, tocando un poco las pelotas a los madridistas que subían en coche hacia Chamartín –uno de los cánticos durante la marcha fue “No llegáis al partido, al partido no llegáis”-, se bajó a Atocha, se volvió a subir el Prado, se subió Gran Vía, Plaza España, Princesa, Moncloa, Parque del Oeste, Palacio Real, y de allí a La Elipa. Esta vez había mucho megáfono, y por tanto mucho cántico, se cantaron los habituales “No contamina ni gasta gasolina”, “Si el coche te quema quema tu coche”, se añadieron muchos que ahora no recuerdo contra los numerosos motoristas que se metían entre el pelotón más multicolor que pueda verse en una ciudad. No pude evitar meter el clásico “Hijos de puta, asesinos, fascistas, genocidas” y el “OTAN no, bases fuera” para desconcertar un poco al personal. Christopher se inventó el eslogan “Menos silicona y más Criticona”, que me hacía mazo de gracia.




A pesar del contraluz espero que se aprecie la muchedumbre que va Alcalá arriba




Pedales y sonrisas


En el Palacio Real, que ya estaba hasta los topes, se paró un buen rato. Cosa que vino bien porque la bici de Edu NTN pinchó varias veces, y no eran pinchazos ni problemas de parches sino que se había reventado la válvula y no había solución porque no teníamos cámara. Lo que menos hay en la BiciCrítica son bicis de carretera pero hubo suerte y un tío majete le regaló una cámara usada a nuestro hombre que representa a Madrid entero. Aquí también ocurrió otro feo imprevisto, habíamos quedado con Paco, que venía desde Coslada, y no sabíamos dónde quedar, así que se decidió quedar en el metro de la Elipa, que era donde seguro acababa la pedalada. Pero se le agotó la batería y no se pudo contactar con él, al tiempo mandó un mensaje diciendo que se había vuelto a casa.




La bici de altura




Raza belga, llegador. Cómo tienen que estar disfrutándolo en su pueblo, Perico. Qué bien el de Lieja; no es español pero se casó con una canaria y a menudo se le puede ver entrenando en Lloret de Mar por lo que le sentimos como de de casa. Qué tardes de ciclismo nos ha dado este hombre, Perico. A dos minutos el pelotón y ya en los Elíseos, muy mal se le tiene que dar, Perico.





Por el tema de los pinchazos perdimos al grupo y entonces viene el peligro de la BiciCrítica. Me explico: un ciclista que pase poco tiempo después por donde ha pasado la BiciCrítica es una persona muy muy odiada. Puede que alguno de los conductores con los que se cruce haya tenido que esperarse un buen rato a que pase todo el pelotón, como le pasó en su día al Pipi que llevaba en el super-todo-terreno-de-ciudad a sus bebés a punto de explotar. Fuimos sorteando al tráfico en plan mensajero de Nueva York hasta que a la altura del Retiro fuimos encontrando a biciclistas más agrupados. Todo el trayecto hasta La Elipa fue muy agradable, ya se había hecho de noche, casi todo era bajada, había muchísima gente en la calle y la verdad que en bici se iba muy a gusto.




La fantástica grupeta. Me encanta esta foto: a tope la maquinaria lista para la acción.





My man Christopher realiza un peligroso eslálon entre los buses, cual petrolero entre los icebergs.




Foto turística: de las de cerca y con algo famoso detrás, ya sabéis cultura Tuenti-Facebook.


Llegamos y había un montón de gente, batucada, botellón, corros, rollo Retiro domingo por la tarde. Como no había sitio para candar las bicis se extendía una práctica de cachondos mentales y es que la gente empezaba a candar su bici a otra bici, dando por hecho que todos íbamos a irnos a la vez. Al rato pensamos que preferíamos ir al centro, así que venga otra vez pedales arriba, pedales de los dos, ya sabéis. Como mandaban las fechas pues fuimos al Dosde, donde no ocurriría lo del año pasado ya que estaba tomado por la policía, aunque sí vimos un cómico enfrentamiento entre un punki y un grupo de policías: una punki que resultaba ser su mujer empezó a gritar que había mucha madera y cosas así, varios policías le increparon, y entonces vino el marido hecho un loco diciendo que había escuchado que un policía le había dicho a su mujer que le iba a romper los dientes. Sus colegas y su mujer y hasta nosotros mediamos pero el pibe ya iba a muerte, a su supuesta mujer le metió un viaje que la tiró al suelo. Empezaron a venir municipales de todos lados y el punki gritando como un loco que quién era el que le iba a romper los dientes a su mujer. Ya estaba él solo frente a quince policías, y para añadir más dramatismo a la escena se quitó la camiseta y empezaba a darse hostias en el pecho y en la cara mientras seguía encarándose con los munipas. Y entonces empieza a señalarse el pecho, y ojo y pestaña, lleva un tatuaje de la Legión, y empieza a gritar que ha sido legionario. Un punki legionario, bendita España. Ahora que lo pienso puede que no sea contradictorio...¿qué opináis?

domingo, 26 de abril de 2009

La ruta de la pizarra, una de cal y otra de arena II

Estirado, duchado, bien desayunado y con muy buenas sensaciones salí del hostal pronto por la mañana. Recuerdo que sentía una especie de admiración en la gente que me miraba al dejar el comedor y ponerme a montar las alforjas (ay, siempre el ego).



Meteo estaba de mi lado, el cielo siempre azul.



De nuevo, una mañana cojonuda, cielo despejado y ese fresco que no llega a ser frío. En la carretera pocos coches, así que pedaleaba muy a gusto sabedor además de que al principio iba a haber más bajadas que subidas. (¿Os habéis fijado que no es lo mismo la cuesta de subida que la cuesta de su vida?).

Como me encontraba muy bien, hacía pocas paradas para hacer fotos, ya que tenía intención de llegar hasta Majaelrayo. Sólo de vez en cuando paraba para comer un poco de plátano, nueces o barritas de muesly y chocolate de Hacendado (bien ricas), ya se sabe, comida de deportista.



Las cuevas cerca de Tamajón.



Más o menos recorrí el camino del día anterior, pero a la inversa. Una vez llegara al punto de partida improvisaría un poco la ruta. Lo único que tenía claro es que esa noche iba a dormir en el monte, y como no tenía tienda pues tenía que buscar refugio. Me habían dicho que era fácil encontrarlo en la zona, y el detallado mapa decía lo mismo. Además el día anterior ya había visto que hay muchas pequeñas construcciones de pizarra desperdigadas por los caminos aparte de los pueblos abandonados. Otra opción era el Refugio de Montaña de la Canal en Cantalojas, sólo que estaba muchos kilómetros para arriba. Así que según avanzaba, pues buscaba “casa”. Aunque para pillar una de estas casas no te pidan las dos últimas nóminas también tienen su áquel. Hay que valorar ciertas cosas: cercanía-lejanía de población, “peligrosidad” (¿cómo se mide?), etc.

Lo primero que valoré fue la “Ciudad Encantada” de Tamajón, que está llena de cuevas y al lado de Tamajón. Exploré las cuevas y vi que había botellas de alcohol y restos de hogueras, así que la descarté ya que siendo viernes noche de puente no me apetecía coincidir con un botellón.



El azul tras los pinos no es del cielo sino del agua (estaba en una pendiente hacia abajo).

Me propuse dar la vuelta al embalse del Vado, para recordar un poco esa vieja excursión de la que hablé. Es un embalse pequeño, rodeado de un auténtico mar de pinos. Y digo auténtico mar porque es producto de una de las polémicas repoblaciones del ICONA, con mucha densidad de árbol por hectárea (con los peligros de incendio que lleva y lo antinatural que pueden llegar a ser esos lineales bosques de pino silvestre). La verdad que subiendo por ahí, con el calorcito del mediodía y el olor a pino, me venían recuerdos del verano. Y es que en España, si vas al campo, hay grandes posibilidades de oler a pino, están por todas partes, como los Charlies en la jungla vietnamita.



Para una foto que me hago, y sale borrosa.




Mi vehículo junto a la presa de El Vado. Presa de gravedad construida en 1954, ¿nada que ver con la de Hoover, eh, Álvaro?



Con mis ansias de Kellyfinder miraba y miraba el mapa buscando los cuadrados rojos que representan “Edificación”, y en ésas vi “Zona de acampada” en uno de los entrantes del embalse. Así que fui a buscarlo, consistía en un par de barracones, un sitio para hacer barbacoas y hasta un pequeño embarcadero. Sin embargo, estaba abandonado, y habían tapiado las puertas y ventanas, aunque ya las habían roto. Parece que el lugar estuvo de moda entre los jóvenes hasta el verano de 2006, ya que todas las fechas de las firmas eran hasta esa época. Estaban las pintadas típicas de dibujos cutres y pintadas de frases como “María y Tomás siempre juntos”, “La Vane me la chupa”, “Viva Guada” o “Putos nazis”, con sus consiguientes fechas y tachones posteriores. Soy fan de estas pintadas así que no sé porque no hice ninguna foto. Ninguna supera hasta ahora a una que vi en el cabo de Gata que decía así: “Elena (la pija) come pollas” y al lado alguien puso “Di ke si”.




Esta foto no es de este viaje sino de San José, en el cabo de Gata, otro gran viaje.



El caso que tampoco es que tampoco me convencía. Antes de que se acercara la noche tenía que tener un sitio ya escogido y no podía encontrarme cerca de él. Así que pensé que o me iba a La Vereda con la esperanza de encontrar una de las casas reformadas abiertas o me subía hasta Cantalojas al refugio de montaña, con más gente y ambiente montañero. En estas situaciones uno se hace sus cálculos, y casi siempre irreales: así que decidí ir para Cantalojas, comería rápido en Majaelrayo y una vez comido subiría hacia allí.



Típica construcción a base de pequeños trozos de pizarra, en El Espinar.

Por el camino me fue entrando la pájara, es decir, un hambre inhumano y como dice Perico, “vino el del mazo”, es decir, cada metro se me hacía eterno y a la mínima pendiente metía el plato pequeño. Al pasar por Campillejo vi que había un restaurante, pensé que era aún pronto y que podía hacer un esfuerzo hasta el siguiente pueblo. Así que cuando llegué al siguiente pueblo, El Espinar, no ponían de comer y me volví. Bar-Restaurante Los Manzanos, bien majetes, me tomé dos Aquarios del tirón y luego un menú de judías verdes con jamón, huevos fritos con chorizo y patatas fritas con su tercio de Mahou y de postre arroz con leche que me supo a gloria bendita. Si vais por la zona lo recomiendo. Al terminar el festín no había quien cogiera la bici así que me eché una siesta junto a un muro y unas vacas. Fue pasando el tiempo así que...Good bye, Cantalojas.

Así que nuevo cambio de rumbo. Cerca se encontraba el famoso a la vez que perdido Barranco del Aljibe (aparece en la foto de la portada del mapa de la Sierra de Ayllón de la Tienda Verde). Son unas cascadas que forman unas piscinas naturales. Me habían dicho que te puedes bañar, así que formaban parte de mi lista de objetivos y por eso me llevé bañador y toalla. También me había hecho la paja mental de que al día siguiente me podía lavar y bañar allí en plan naturista total. Así que lo dicho, iría a ver las cascadas y a dormir en el cercano Matallana.

Matallana (junto con La Vihuela, La Vereda, y El Vado) es uno de los pueblos expropiados y abandonados por la construcción del embalse o posibilidad de nueva construcción. Aquí hay una pequeña injusticia a mi parecer: el Embalse de El Vado, en la provincia de Guadalajara, se construyó para acumular agua del Jarama, (es el primer paro en el curso del río) y bajo control del Canal de Isabel II, abastecer de agua a la ciudad de Madrid, que se encuentra a unos 120 kilómetros de distancia. Se comenta que en el pueblo de Matallana viven intermitentemente grupos de jóvenes, las distintas etiquetas los califican de hippies, okupas, neo-rurales, etc.

Hasta este punto tras la siesta había recorrido 52 km, en el resto del día hasta parar haría 8 km; creedme, bastante más duros que los primeros 52.

Para llegar al Barranco del Aljibe –en qué hora- fui por caminos rodeados de jarales y algún árbol, con impresionantes vistas a lo lejos. De vez en cuando cruzaba campos de pasto donde había vacas con cuernos y de color negro que daban muy mal rollo, pero un tío que iba con un tractor llenando los bebederos me dijo que eran vacas, que no eran toros. Eran vacas de carne, una raza de la zona, pero se me ha olvidado el nombre.




Al fondo se ve como surge la Sierra de la Puebla, con el Collado de las Pilas que lleva hasta el pico nevado de La Centenera (1810 m).



El camino de repente se ensanchó y se hizo pista, pero una pista con piedracas y mucha pendiente cuesta abajo así que la bici, el biciclista y las alforjas sufrimos lo nuestro. Opté por bajarme y bajar la cuesta frenando, y aún así era chungo.

La cuestaca de la muerte (nada que envidiar a la famosa cuesta de la Casa de Campo) acababa en un pequeño riachuelo, el arroyo del Soto. Había dos opciones: volver a subir la cuesta y empezar de nuevo o cruzar. Pues a cruzar.



Nunca vienen mal unas chanclas.



En el mapa los “puntos de interés” vienen marcados con una estrella negra y el título así que la estrella junto a “Barranco del Aljibe” ocupan mucho y es difícil establecer su punto exacto. Dejé la bici y me puse a andar un poco y lo encontré. Son dos cascadas consecutivas, la poza que se forma entre las dos cascadas es impresionante, rodeada de escarpados barrancos que forman un círculo perfecto. Bajaba mucha corriente así que el baño mejor para el verano, cuando caiga menos agua. La cascada la forma el arroyo del Soto desembocando en el Jarama, que viene muy fuerte desde arriba hasta que lo frena la presa de El Vado formándose el embalse unos kilómetros río abajo. La foto buena implicaba subirse a un peñasco del otro lado, así que me quedé sin copiar la foto de la portada.



Buscando la foto perfecta, pero desde este lado iba a ser que no.




Me volví a por la bici, y entre lo rocoso de la zona, y lo estrechito que se hacían los caminos entre las zarzas me di cuenta que aquello no era para bici. Al rato pinché, y al rato volví a pinchar. Y mientras tenía la bici dada la vuelta y cambiaba las cámaras apareció un lobo.



Sí, una loba de siete meses según me dijo su dueño que apareció después. Así comenzó una larga conversación:

-¿Qué haces sólo por aquí con la bici?

-Pues nada, de excursión (yo pensé, joder, y tú y tu lobo).

-Lo que tienes que hacer es echarte una novia que le guste también ir con la bici.

-Si la tengo, pero no le gusta la bici, y además está en Alemania (aunque parece que esto está cambiando, lo de la bici y lo de Alemania, que ya le queda poco).

-¡Joder, en Alemania! Me encanta Alemania. Quiero ir pero a mi mujer no la convenzo, de salir fuera quiere ir al castillo ese de Francia que está en una isla que sólo se llega cuando baja la marea.

Pues entre Alemania y el lobo tuvimos bastante de que hablar. Era un apasionado de su cría de lobo, resulta que hay una asociación español del lobo, hay gente en los Pirineos que también tienen lobos. Luego llegaron su mujer, su hija y su suegra. Venían de excursión todos desde Roblelacasa. Aproveché para preguntarle por Matallana, yo haciéndome el loco.

-Pues allí vivían antes una pareja con el hijo, pero ella se volvió a Madrid con el hijo. Él sigue por allí, y a veces viene más gente, hippies de esos. Yo le llamo el pueblo de la Vespa, hay una Vespa abandonada al entrar.

- ¿Pero son buena gente?

-Sí, pst, no son mala gente, son tíos raros.

- ¿Cómo raros?

- Pues para entendernos, no son como tú o como yo, quién va a querer quedarse en un pueblo abandonado.

A todo esto pensé que lo decía un tío que va con un lobo con el campo. Jajaja, y yo que quería dormir allí. Me explicó el camino y nos despedimos. Con la cháchara y terminar de arreglar los pinchazos pues se me echó el tiempo encima.

Así que empezó el calvario: aparte de las prisas, el camino se hacía imposible. Había que hacerlo andando, y no sólo eso, era tan estrechito, que no cabía si arrastraba la bici desde un lado de la bici. O encima de la bici, o la bici a cuestas o nada, pero encima de la bici imposible. Así que hacía lo siguiente, desmontaba las alforjas, avanzaba un trecho con la bici a cuestas, dejaba la bici, y volvía a por las alforjas y me las traía de nuevo donde la bici, y así todo el rato. Si el camino se ensanchaba pues a empujar la bici, las alforjas se llevaban entonces unos enganchones con las zarzas de flipar a lo que había que añadir el traqueteo constante de la bici entre las zarzas. Ya tenía el pueblo (precioso, unas cuantas casitas e iglesia hechas totalmente de pizarra, con grandes robles entre ellos y la luz del atardecer iluminándolo) enfrente, al otro lado del barranco que forma el Jarama cuando me encontré con lo que suponía que habría de encontrarme en algún momento si quería llegar a Matallana: un puente.




Ojo, un puentecito de madera. Estilo Indiana Jones. Un puente que no creo que esté en la lista de puentes del Ministerio de Fomento. Sentado en una piedra, descansando de lo andado, me tomé mi tiempo para valorar el paso del puente sobre el río Jarama. Unos 3 metros de altura, dudosos troncos, las 7 de la tarde, agua helada…Paso. (Añadiré que el hombre del lobo, su mujer, su hija de 12 años y...su suegra, habían venido por ahí suponiendo que vinieran de Matallana).




Una última ojeada al barranco del Aljibe.

Así que a dormir donde se pueda porque ya no puedo volver a ningún sitio. Continuará…

domingo, 19 de abril de 2009

La ruta de la pizarra, una de cal y otra de arena I



El pico totalmente nevado del fondo, es el Pico del Lobo, la cima más alta del macizo de Ayllón, y curiosamente, de toda Castilla-La Mancha. Se adivina Bocígano, que queda aislado en días de nevada, ya que es final de carretera



Como algunos sabéis, me gusta ir en bici pero si bien sueño con hacer algún largo viaje sobre dos ruedas y con la casa a cuestas, nunca he pasado de la excursión en el día.

Siempre me ha fascinado la zona que llaman de la Arquitectura Negra o de los Pueblos Negros, así llamados al estar artesanamente construidos de pizarra, es decir el despoblado y olvidado Macizo de Ayllón, y que así siga.

Todo empezó hace unos pocos años, cuando mis padres me hablaron de unos pueblos abandonados en las laderas próximas al embalse del Vado. Edu y yo -por aquella época con todo el tiempo libre del mundo- nos fuimos para allá un día de diario de febrero, me acuerdo perfectamente. Para no escatimar, subimos en su coche, que no tendría ni un mes, y para no seguir escatimando, fuimos para arriba por una pista forestal. La nieve que apareció, la gasolina y la cobertura que desaparecían añadieron emoción al día, pero al final no pasó nada. Nos quedamos con la imagen de un pueblo abandonado, La Vereda, con las mismas casas y muros que hacia 1950, cuando fue expropiado para la construcción de la presa que formaría el embalse. También me quedé con los caminos que serpenteaban por los barrancos y con esos pueblos aislados por la Sierra de la Puebla a un lado y por el barranco del Jarama y el embalse al otro.




Embalse del Atazar, con el pueblo y la sierra de la Puebla al fondo.



Este año he hecho un par de excursiones por la comarca serrana guiado por Antonio, un enamorado de la zona. Y también recorrí con Paco los alrededores del Atazar, probando el Clio Williams por las solitarias carreteras de montaña. En todos esos días siempre miro a lo lejos, y al ver esa gran extensión de montañas pétreas y grises por todos lados, y algún que otro pueblo en medio de la nada, descubro que tengo ganas de conocer más.



En el vertice geodésico de la Peña Cabeza de Viejo, en las estribaciones del macizo.



Al lío, que llegaba el puente de San José y no tenía plan, así que sobre la marcha pensé que me iba a ir solo con la bici a ver esos pueblos.

El martes 17 por la tarde fui a Madrid y me compré el mapa de “Sierras de Ayllón y Ocejón” en la Tienda Verde, y en Ciclos Delicias un transportín y unas alforjas Ortlieb, el Rolex de las alforjas según los entendidos en el cicloturismo, y doy fe que lo son, si superaron este viaje superarán cualquiera como veremos más tarde.



La bici en un paraje entre Retiendas y Tamajón.



Dejé el montaje de la bici, cómo no, para la noche de antes, así que me dieron las de Sabina limpiando y engrasando la cadena, cambiando las cubiertas, poniendo el transportín y las alforjas, y poniendo el cuentakilómetros (que más tarde perdería, entre unas cosas y otras van 3 cuentakilómetros en dos años, quizás sea una señal que me indica que no es tan necesario el control del tiempo, el desplazamiento y la velocidad).

El día de Pepe (¿el del Popular?) estaba listo para partir, con la bici y el “equipaje” preparado. Haciéndome el viajero experto pensé que estaría bien una etapa prólogo para ver cómo me manejaba con la bici o se rompía algo de lo improvisadamente preparado. Así que me fui a una gasolinera a hinchar las ruedas y a sacar pasta (no de dientes, que diría Jotto). Llevar las alforjas (6,5 kilos en cada una, el peso intencionadamente repartido) implica que las curvas hay que hacerlas suaves, que en las cuestas parece que te tiran de atrás para que te cueste más, y que si te da por pedalear sin apoyar el culo en el sillín en plan sprint pues el bamboleo de la bici es considerable.


Mi padre me acercó en coche hasta Retiendas, inicio de la ruta por el azar del mapa. Es un pueblo en cuesta pequeño y simpático, aún más simpático por el cielo azul e inmaculado que hizo ese día. El buen tiempo que acompañó todo el puente hizo que todo tuviera la mejor de sus caras.

Empecé yendo hacia Tamajón por un camino, me acuerdo que iba feliz y tranquilo, pero cuando empezó la bici a traquetear pensé que quizá fuera mejor ir por carretera. Al principio iba mirando continuamente el detallado mapa, pero con el tiempo te relajas. Este camino, llamado el Olvidado, va por un frondoso encinar, paralelo a un arroyuelo, y cuando me crucé con un corzo supe que este viaje me iba a gustar. No me crucé con ningún caminante hasta llegar a Tamajón, pueblo noble, con un toque inesperadamente majestuoso, con el sabor que deja la importancia de hace siglos. A la salida de Tamajón la carretera se desdobla, para llegar a Majaelrayo dejando el Ocejón a la derecha y para llegar a Valverde de los Arroyos dejando el Ocejón a la izquierda. Justo después del cruce, siempre entre encinares y jarales, está la Ciudad Encantada de Tamajón, quien la bautizó así fue algo presuntuoso, ya que poco tiene que ver con la de Cuenca. Donde terminan las azarosas formaciones de piedra aparece la Ermita de los Enebrales y un agradable merendero.



Pintada al lado de la ermita. Horas más tarde daría la razón al autor al ver lo que se cocía en Valverde de los Arroyos.


Allí me encontré con un grupo de polacos, por lo visto muy católicos, quienes me contaron que estaban peregrinando por los lugares santos de España, así que me sorprendió que anduvieran por aquí. Seguí por otro camino que, flanqueado por hermosas sabinas y encinas, lleva hasta Almiruete. Cerca del camino hay unas impresionantes cuevas y simas (Sima Fliper II, sima TA-12, Cueva del mono, Cueva del paso) que no me atreví a buscar, ya que al no estar señalizadas temía perderme en el bosque y dar vueltas sobre el mismo lugar como en las películas, y que justo apareciera un indio y me disparara agujereando la última de mis cantimploras.



Iglesia de Palancares, en torno a la cual se juntan las pocas casas del pueblo.


En Almiruete ya cogí la carretera de Valverde, ya que no veía camino claro. Aquí empezaba lo bueno, subidita tras subidita, y así hasta Palancares, un pequeño pueblo que hace curva, y en principio de poco interés si no fuera porque tenía fuente. Pero una vez allí, unos cuantos carteles hicieron que hablara con los viejos del lugar (me encanta esta frase, los viejos del lugar) en un local que hace de bar, centro de reuniones, etc. Este pueblín consiguió ser el único pueblo de la zona que mantuvo totalmente su término sin repoblación de pino silvestre y ahora lucha por evitar la construcción de una presa en las aguas del Sorbe. Por este logro, varios habitantes y jóvenes ecologistas de Guadalajara se han llevado el premio de una sanción, y es que el Estado sabe ser generoso con quien lo merece.



Mensaje claro desde Palancares.



Comido, bebido y descansado en Palancares seguí carretera arriba hasta llegar por fin a los 1254 m de altitud de Valverde de los Arroyos. Por suerte, el albergue donde iba a dormir estaba al comienzo del pueblo porque después de 34 km de subida estaba ya, hablando claro, bastante follao.



Campo de fúbol de hierba natural, donde las familias lo gozaban.



El pueblo estaba hasta los topes, y es que es el pueblo clásico de las guías de los pueblos negros, junto con Majaelrayo.



Vistas del Ocejón desde Valverde de los Arroyos.



Lo que voy a decir sonará intransigente pero me explicaré: Valverde de los Arroyos es al excursionismo lo que el reggaeton a la música. Facilón. La carretera que llega hasta el pueblo está bien asfaltada y han construido a la entrada un gran aparcamiento (brillan las chapas de los coches desde lejos), y apenas hay veinte minutos desde el coche hasta las cascadas, así que cualquiera puede llegar.




Ejemplo de la arquitectura local. Mucho más naturalmente presente en el lado occidental de la Sierra del Ocejón, en los pueblos de El Espinar, Roblelacasa, Campillo de Ranas, Majaelrayo, etc.



Esto hace que los precios no sean de pueblo perdido, como bien comprobaron mis riñones al pagar el hostal (aunque hay que decir que el albergue lo vale, con unas inmejorables vistas sobre el Ocejón, y está construido respetando la arquitectura de la zona, y ponen un suculento desayuno. Es el mejor hotelito de montaña posible para irte con la novia, así que apuntad: Hostal Valverde). Me parece bien que sea una visita que pueda hacer cualquiera, y está bien, no todos tenemos porqué subir al Annapurna. Pero aparte de la subida de precios, la masa hace cosas como que el camino hasta las bonitas cascadas de Despeñalagua esté llena de colillas, mondas de fruta, perros sueltos, gente voceando y que en el pueblo hubiera más coches que casas y personas.



Las chorreras de Valdelagua.



Una vez descansado en el hostal, guardé la bici y me fui a ver las famosas cascadas. Al ser final de invierno bajaban llenas, y numerosos arroyos bajaban de las laderas del Ocejón.



El cielo magníficamente azul que me acompañó todo el recorrido.



Volví de nuevo al hostal, y una vez cayó la noche, volví al pueblo para cenar cuando ya se fueron los turistas y en el mesón sólo quedaba gente del pueblo. Me encantaba la soledad y profunda oscuridad en las calles del pueblo a las 9 de la noche, con millones de pequeñas farolas en el claro cielo.