domingo, 26 de abril de 2009

La ruta de la pizarra, una de cal y otra de arena II

Estirado, duchado, bien desayunado y con muy buenas sensaciones salí del hostal pronto por la mañana. Recuerdo que sentía una especie de admiración en la gente que me miraba al dejar el comedor y ponerme a montar las alforjas (ay, siempre el ego).



Meteo estaba de mi lado, el cielo siempre azul.



De nuevo, una mañana cojonuda, cielo despejado y ese fresco que no llega a ser frío. En la carretera pocos coches, así que pedaleaba muy a gusto sabedor además de que al principio iba a haber más bajadas que subidas. (¿Os habéis fijado que no es lo mismo la cuesta de subida que la cuesta de su vida?).

Como me encontraba muy bien, hacía pocas paradas para hacer fotos, ya que tenía intención de llegar hasta Majaelrayo. Sólo de vez en cuando paraba para comer un poco de plátano, nueces o barritas de muesly y chocolate de Hacendado (bien ricas), ya se sabe, comida de deportista.



Las cuevas cerca de Tamajón.



Más o menos recorrí el camino del día anterior, pero a la inversa. Una vez llegara al punto de partida improvisaría un poco la ruta. Lo único que tenía claro es que esa noche iba a dormir en el monte, y como no tenía tienda pues tenía que buscar refugio. Me habían dicho que era fácil encontrarlo en la zona, y el detallado mapa decía lo mismo. Además el día anterior ya había visto que hay muchas pequeñas construcciones de pizarra desperdigadas por los caminos aparte de los pueblos abandonados. Otra opción era el Refugio de Montaña de la Canal en Cantalojas, sólo que estaba muchos kilómetros para arriba. Así que según avanzaba, pues buscaba “casa”. Aunque para pillar una de estas casas no te pidan las dos últimas nóminas también tienen su áquel. Hay que valorar ciertas cosas: cercanía-lejanía de población, “peligrosidad” (¿cómo se mide?), etc.

Lo primero que valoré fue la “Ciudad Encantada” de Tamajón, que está llena de cuevas y al lado de Tamajón. Exploré las cuevas y vi que había botellas de alcohol y restos de hogueras, así que la descarté ya que siendo viernes noche de puente no me apetecía coincidir con un botellón.



El azul tras los pinos no es del cielo sino del agua (estaba en una pendiente hacia abajo).

Me propuse dar la vuelta al embalse del Vado, para recordar un poco esa vieja excursión de la que hablé. Es un embalse pequeño, rodeado de un auténtico mar de pinos. Y digo auténtico mar porque es producto de una de las polémicas repoblaciones del ICONA, con mucha densidad de árbol por hectárea (con los peligros de incendio que lleva y lo antinatural que pueden llegar a ser esos lineales bosques de pino silvestre). La verdad que subiendo por ahí, con el calorcito del mediodía y el olor a pino, me venían recuerdos del verano. Y es que en España, si vas al campo, hay grandes posibilidades de oler a pino, están por todas partes, como los Charlies en la jungla vietnamita.



Para una foto que me hago, y sale borrosa.




Mi vehículo junto a la presa de El Vado. Presa de gravedad construida en 1954, ¿nada que ver con la de Hoover, eh, Álvaro?



Con mis ansias de Kellyfinder miraba y miraba el mapa buscando los cuadrados rojos que representan “Edificación”, y en ésas vi “Zona de acampada” en uno de los entrantes del embalse. Así que fui a buscarlo, consistía en un par de barracones, un sitio para hacer barbacoas y hasta un pequeño embarcadero. Sin embargo, estaba abandonado, y habían tapiado las puertas y ventanas, aunque ya las habían roto. Parece que el lugar estuvo de moda entre los jóvenes hasta el verano de 2006, ya que todas las fechas de las firmas eran hasta esa época. Estaban las pintadas típicas de dibujos cutres y pintadas de frases como “María y Tomás siempre juntos”, “La Vane me la chupa”, “Viva Guada” o “Putos nazis”, con sus consiguientes fechas y tachones posteriores. Soy fan de estas pintadas así que no sé porque no hice ninguna foto. Ninguna supera hasta ahora a una que vi en el cabo de Gata que decía así: “Elena (la pija) come pollas” y al lado alguien puso “Di ke si”.




Esta foto no es de este viaje sino de San José, en el cabo de Gata, otro gran viaje.



El caso que tampoco es que tampoco me convencía. Antes de que se acercara la noche tenía que tener un sitio ya escogido y no podía encontrarme cerca de él. Así que pensé que o me iba a La Vereda con la esperanza de encontrar una de las casas reformadas abiertas o me subía hasta Cantalojas al refugio de montaña, con más gente y ambiente montañero. En estas situaciones uno se hace sus cálculos, y casi siempre irreales: así que decidí ir para Cantalojas, comería rápido en Majaelrayo y una vez comido subiría hacia allí.



Típica construcción a base de pequeños trozos de pizarra, en El Espinar.

Por el camino me fue entrando la pájara, es decir, un hambre inhumano y como dice Perico, “vino el del mazo”, es decir, cada metro se me hacía eterno y a la mínima pendiente metía el plato pequeño. Al pasar por Campillejo vi que había un restaurante, pensé que era aún pronto y que podía hacer un esfuerzo hasta el siguiente pueblo. Así que cuando llegué al siguiente pueblo, El Espinar, no ponían de comer y me volví. Bar-Restaurante Los Manzanos, bien majetes, me tomé dos Aquarios del tirón y luego un menú de judías verdes con jamón, huevos fritos con chorizo y patatas fritas con su tercio de Mahou y de postre arroz con leche que me supo a gloria bendita. Si vais por la zona lo recomiendo. Al terminar el festín no había quien cogiera la bici así que me eché una siesta junto a un muro y unas vacas. Fue pasando el tiempo así que...Good bye, Cantalojas.

Así que nuevo cambio de rumbo. Cerca se encontraba el famoso a la vez que perdido Barranco del Aljibe (aparece en la foto de la portada del mapa de la Sierra de Ayllón de la Tienda Verde). Son unas cascadas que forman unas piscinas naturales. Me habían dicho que te puedes bañar, así que formaban parte de mi lista de objetivos y por eso me llevé bañador y toalla. También me había hecho la paja mental de que al día siguiente me podía lavar y bañar allí en plan naturista total. Así que lo dicho, iría a ver las cascadas y a dormir en el cercano Matallana.

Matallana (junto con La Vihuela, La Vereda, y El Vado) es uno de los pueblos expropiados y abandonados por la construcción del embalse o posibilidad de nueva construcción. Aquí hay una pequeña injusticia a mi parecer: el Embalse de El Vado, en la provincia de Guadalajara, se construyó para acumular agua del Jarama, (es el primer paro en el curso del río) y bajo control del Canal de Isabel II, abastecer de agua a la ciudad de Madrid, que se encuentra a unos 120 kilómetros de distancia. Se comenta que en el pueblo de Matallana viven intermitentemente grupos de jóvenes, las distintas etiquetas los califican de hippies, okupas, neo-rurales, etc.

Hasta este punto tras la siesta había recorrido 52 km, en el resto del día hasta parar haría 8 km; creedme, bastante más duros que los primeros 52.

Para llegar al Barranco del Aljibe –en qué hora- fui por caminos rodeados de jarales y algún árbol, con impresionantes vistas a lo lejos. De vez en cuando cruzaba campos de pasto donde había vacas con cuernos y de color negro que daban muy mal rollo, pero un tío que iba con un tractor llenando los bebederos me dijo que eran vacas, que no eran toros. Eran vacas de carne, una raza de la zona, pero se me ha olvidado el nombre.




Al fondo se ve como surge la Sierra de la Puebla, con el Collado de las Pilas que lleva hasta el pico nevado de La Centenera (1810 m).



El camino de repente se ensanchó y se hizo pista, pero una pista con piedracas y mucha pendiente cuesta abajo así que la bici, el biciclista y las alforjas sufrimos lo nuestro. Opté por bajarme y bajar la cuesta frenando, y aún así era chungo.

La cuestaca de la muerte (nada que envidiar a la famosa cuesta de la Casa de Campo) acababa en un pequeño riachuelo, el arroyo del Soto. Había dos opciones: volver a subir la cuesta y empezar de nuevo o cruzar. Pues a cruzar.



Nunca vienen mal unas chanclas.



En el mapa los “puntos de interés” vienen marcados con una estrella negra y el título así que la estrella junto a “Barranco del Aljibe” ocupan mucho y es difícil establecer su punto exacto. Dejé la bici y me puse a andar un poco y lo encontré. Son dos cascadas consecutivas, la poza que se forma entre las dos cascadas es impresionante, rodeada de escarpados barrancos que forman un círculo perfecto. Bajaba mucha corriente así que el baño mejor para el verano, cuando caiga menos agua. La cascada la forma el arroyo del Soto desembocando en el Jarama, que viene muy fuerte desde arriba hasta que lo frena la presa de El Vado formándose el embalse unos kilómetros río abajo. La foto buena implicaba subirse a un peñasco del otro lado, así que me quedé sin copiar la foto de la portada.



Buscando la foto perfecta, pero desde este lado iba a ser que no.




Me volví a por la bici, y entre lo rocoso de la zona, y lo estrechito que se hacían los caminos entre las zarzas me di cuenta que aquello no era para bici. Al rato pinché, y al rato volví a pinchar. Y mientras tenía la bici dada la vuelta y cambiaba las cámaras apareció un lobo.



Sí, una loba de siete meses según me dijo su dueño que apareció después. Así comenzó una larga conversación:

-¿Qué haces sólo por aquí con la bici?

-Pues nada, de excursión (yo pensé, joder, y tú y tu lobo).

-Lo que tienes que hacer es echarte una novia que le guste también ir con la bici.

-Si la tengo, pero no le gusta la bici, y además está en Alemania (aunque parece que esto está cambiando, lo de la bici y lo de Alemania, que ya le queda poco).

-¡Joder, en Alemania! Me encanta Alemania. Quiero ir pero a mi mujer no la convenzo, de salir fuera quiere ir al castillo ese de Francia que está en una isla que sólo se llega cuando baja la marea.

Pues entre Alemania y el lobo tuvimos bastante de que hablar. Era un apasionado de su cría de lobo, resulta que hay una asociación español del lobo, hay gente en los Pirineos que también tienen lobos. Luego llegaron su mujer, su hija y su suegra. Venían de excursión todos desde Roblelacasa. Aproveché para preguntarle por Matallana, yo haciéndome el loco.

-Pues allí vivían antes una pareja con el hijo, pero ella se volvió a Madrid con el hijo. Él sigue por allí, y a veces viene más gente, hippies de esos. Yo le llamo el pueblo de la Vespa, hay una Vespa abandonada al entrar.

- ¿Pero son buena gente?

-Sí, pst, no son mala gente, son tíos raros.

- ¿Cómo raros?

- Pues para entendernos, no son como tú o como yo, quién va a querer quedarse en un pueblo abandonado.

A todo esto pensé que lo decía un tío que va con un lobo con el campo. Jajaja, y yo que quería dormir allí. Me explicó el camino y nos despedimos. Con la cháchara y terminar de arreglar los pinchazos pues se me echó el tiempo encima.

Así que empezó el calvario: aparte de las prisas, el camino se hacía imposible. Había que hacerlo andando, y no sólo eso, era tan estrechito, que no cabía si arrastraba la bici desde un lado de la bici. O encima de la bici, o la bici a cuestas o nada, pero encima de la bici imposible. Así que hacía lo siguiente, desmontaba las alforjas, avanzaba un trecho con la bici a cuestas, dejaba la bici, y volvía a por las alforjas y me las traía de nuevo donde la bici, y así todo el rato. Si el camino se ensanchaba pues a empujar la bici, las alforjas se llevaban entonces unos enganchones con las zarzas de flipar a lo que había que añadir el traqueteo constante de la bici entre las zarzas. Ya tenía el pueblo (precioso, unas cuantas casitas e iglesia hechas totalmente de pizarra, con grandes robles entre ellos y la luz del atardecer iluminándolo) enfrente, al otro lado del barranco que forma el Jarama cuando me encontré con lo que suponía que habría de encontrarme en algún momento si quería llegar a Matallana: un puente.




Ojo, un puentecito de madera. Estilo Indiana Jones. Un puente que no creo que esté en la lista de puentes del Ministerio de Fomento. Sentado en una piedra, descansando de lo andado, me tomé mi tiempo para valorar el paso del puente sobre el río Jarama. Unos 3 metros de altura, dudosos troncos, las 7 de la tarde, agua helada…Paso. (Añadiré que el hombre del lobo, su mujer, su hija de 12 años y...su suegra, habían venido por ahí suponiendo que vinieran de Matallana).




Una última ojeada al barranco del Aljibe.

Así que a dormir donde se pueda porque ya no puedo volver a ningún sitio. Continuará…

domingo, 19 de abril de 2009

La ruta de la pizarra, una de cal y otra de arena I



El pico totalmente nevado del fondo, es el Pico del Lobo, la cima más alta del macizo de Ayllón, y curiosamente, de toda Castilla-La Mancha. Se adivina Bocígano, que queda aislado en días de nevada, ya que es final de carretera



Como algunos sabéis, me gusta ir en bici pero si bien sueño con hacer algún largo viaje sobre dos ruedas y con la casa a cuestas, nunca he pasado de la excursión en el día.

Siempre me ha fascinado la zona que llaman de la Arquitectura Negra o de los Pueblos Negros, así llamados al estar artesanamente construidos de pizarra, es decir el despoblado y olvidado Macizo de Ayllón, y que así siga.

Todo empezó hace unos pocos años, cuando mis padres me hablaron de unos pueblos abandonados en las laderas próximas al embalse del Vado. Edu y yo -por aquella época con todo el tiempo libre del mundo- nos fuimos para allá un día de diario de febrero, me acuerdo perfectamente. Para no escatimar, subimos en su coche, que no tendría ni un mes, y para no seguir escatimando, fuimos para arriba por una pista forestal. La nieve que apareció, la gasolina y la cobertura que desaparecían añadieron emoción al día, pero al final no pasó nada. Nos quedamos con la imagen de un pueblo abandonado, La Vereda, con las mismas casas y muros que hacia 1950, cuando fue expropiado para la construcción de la presa que formaría el embalse. También me quedé con los caminos que serpenteaban por los barrancos y con esos pueblos aislados por la Sierra de la Puebla a un lado y por el barranco del Jarama y el embalse al otro.




Embalse del Atazar, con el pueblo y la sierra de la Puebla al fondo.



Este año he hecho un par de excursiones por la comarca serrana guiado por Antonio, un enamorado de la zona. Y también recorrí con Paco los alrededores del Atazar, probando el Clio Williams por las solitarias carreteras de montaña. En todos esos días siempre miro a lo lejos, y al ver esa gran extensión de montañas pétreas y grises por todos lados, y algún que otro pueblo en medio de la nada, descubro que tengo ganas de conocer más.



En el vertice geodésico de la Peña Cabeza de Viejo, en las estribaciones del macizo.



Al lío, que llegaba el puente de San José y no tenía plan, así que sobre la marcha pensé que me iba a ir solo con la bici a ver esos pueblos.

El martes 17 por la tarde fui a Madrid y me compré el mapa de “Sierras de Ayllón y Ocejón” en la Tienda Verde, y en Ciclos Delicias un transportín y unas alforjas Ortlieb, el Rolex de las alforjas según los entendidos en el cicloturismo, y doy fe que lo son, si superaron este viaje superarán cualquiera como veremos más tarde.



La bici en un paraje entre Retiendas y Tamajón.



Dejé el montaje de la bici, cómo no, para la noche de antes, así que me dieron las de Sabina limpiando y engrasando la cadena, cambiando las cubiertas, poniendo el transportín y las alforjas, y poniendo el cuentakilómetros (que más tarde perdería, entre unas cosas y otras van 3 cuentakilómetros en dos años, quizás sea una señal que me indica que no es tan necesario el control del tiempo, el desplazamiento y la velocidad).

El día de Pepe (¿el del Popular?) estaba listo para partir, con la bici y el “equipaje” preparado. Haciéndome el viajero experto pensé que estaría bien una etapa prólogo para ver cómo me manejaba con la bici o se rompía algo de lo improvisadamente preparado. Así que me fui a una gasolinera a hinchar las ruedas y a sacar pasta (no de dientes, que diría Jotto). Llevar las alforjas (6,5 kilos en cada una, el peso intencionadamente repartido) implica que las curvas hay que hacerlas suaves, que en las cuestas parece que te tiran de atrás para que te cueste más, y que si te da por pedalear sin apoyar el culo en el sillín en plan sprint pues el bamboleo de la bici es considerable.


Mi padre me acercó en coche hasta Retiendas, inicio de la ruta por el azar del mapa. Es un pueblo en cuesta pequeño y simpático, aún más simpático por el cielo azul e inmaculado que hizo ese día. El buen tiempo que acompañó todo el puente hizo que todo tuviera la mejor de sus caras.

Empecé yendo hacia Tamajón por un camino, me acuerdo que iba feliz y tranquilo, pero cuando empezó la bici a traquetear pensé que quizá fuera mejor ir por carretera. Al principio iba mirando continuamente el detallado mapa, pero con el tiempo te relajas. Este camino, llamado el Olvidado, va por un frondoso encinar, paralelo a un arroyuelo, y cuando me crucé con un corzo supe que este viaje me iba a gustar. No me crucé con ningún caminante hasta llegar a Tamajón, pueblo noble, con un toque inesperadamente majestuoso, con el sabor que deja la importancia de hace siglos. A la salida de Tamajón la carretera se desdobla, para llegar a Majaelrayo dejando el Ocejón a la derecha y para llegar a Valverde de los Arroyos dejando el Ocejón a la izquierda. Justo después del cruce, siempre entre encinares y jarales, está la Ciudad Encantada de Tamajón, quien la bautizó así fue algo presuntuoso, ya que poco tiene que ver con la de Cuenca. Donde terminan las azarosas formaciones de piedra aparece la Ermita de los Enebrales y un agradable merendero.



Pintada al lado de la ermita. Horas más tarde daría la razón al autor al ver lo que se cocía en Valverde de los Arroyos.


Allí me encontré con un grupo de polacos, por lo visto muy católicos, quienes me contaron que estaban peregrinando por los lugares santos de España, así que me sorprendió que anduvieran por aquí. Seguí por otro camino que, flanqueado por hermosas sabinas y encinas, lleva hasta Almiruete. Cerca del camino hay unas impresionantes cuevas y simas (Sima Fliper II, sima TA-12, Cueva del mono, Cueva del paso) que no me atreví a buscar, ya que al no estar señalizadas temía perderme en el bosque y dar vueltas sobre el mismo lugar como en las películas, y que justo apareciera un indio y me disparara agujereando la última de mis cantimploras.



Iglesia de Palancares, en torno a la cual se juntan las pocas casas del pueblo.


En Almiruete ya cogí la carretera de Valverde, ya que no veía camino claro. Aquí empezaba lo bueno, subidita tras subidita, y así hasta Palancares, un pequeño pueblo que hace curva, y en principio de poco interés si no fuera porque tenía fuente. Pero una vez allí, unos cuantos carteles hicieron que hablara con los viejos del lugar (me encanta esta frase, los viejos del lugar) en un local que hace de bar, centro de reuniones, etc. Este pueblín consiguió ser el único pueblo de la zona que mantuvo totalmente su término sin repoblación de pino silvestre y ahora lucha por evitar la construcción de una presa en las aguas del Sorbe. Por este logro, varios habitantes y jóvenes ecologistas de Guadalajara se han llevado el premio de una sanción, y es que el Estado sabe ser generoso con quien lo merece.



Mensaje claro desde Palancares.



Comido, bebido y descansado en Palancares seguí carretera arriba hasta llegar por fin a los 1254 m de altitud de Valverde de los Arroyos. Por suerte, el albergue donde iba a dormir estaba al comienzo del pueblo porque después de 34 km de subida estaba ya, hablando claro, bastante follao.



Campo de fúbol de hierba natural, donde las familias lo gozaban.



El pueblo estaba hasta los topes, y es que es el pueblo clásico de las guías de los pueblos negros, junto con Majaelrayo.



Vistas del Ocejón desde Valverde de los Arroyos.



Lo que voy a decir sonará intransigente pero me explicaré: Valverde de los Arroyos es al excursionismo lo que el reggaeton a la música. Facilón. La carretera que llega hasta el pueblo está bien asfaltada y han construido a la entrada un gran aparcamiento (brillan las chapas de los coches desde lejos), y apenas hay veinte minutos desde el coche hasta las cascadas, así que cualquiera puede llegar.




Ejemplo de la arquitectura local. Mucho más naturalmente presente en el lado occidental de la Sierra del Ocejón, en los pueblos de El Espinar, Roblelacasa, Campillo de Ranas, Majaelrayo, etc.



Esto hace que los precios no sean de pueblo perdido, como bien comprobaron mis riñones al pagar el hostal (aunque hay que decir que el albergue lo vale, con unas inmejorables vistas sobre el Ocejón, y está construido respetando la arquitectura de la zona, y ponen un suculento desayuno. Es el mejor hotelito de montaña posible para irte con la novia, así que apuntad: Hostal Valverde). Me parece bien que sea una visita que pueda hacer cualquiera, y está bien, no todos tenemos porqué subir al Annapurna. Pero aparte de la subida de precios, la masa hace cosas como que el camino hasta las bonitas cascadas de Despeñalagua esté llena de colillas, mondas de fruta, perros sueltos, gente voceando y que en el pueblo hubiera más coches que casas y personas.



Las chorreras de Valdelagua.



Una vez descansado en el hostal, guardé la bici y me fui a ver las famosas cascadas. Al ser final de invierno bajaban llenas, y numerosos arroyos bajaban de las laderas del Ocejón.



El cielo magníficamente azul que me acompañó todo el recorrido.



Volví de nuevo al hostal, y una vez cayó la noche, volví al pueblo para cenar cuando ya se fueron los turistas y en el mesón sólo quedaba gente del pueblo. Me encantaba la soledad y profunda oscuridad en las calles del pueblo a las 9 de la noche, con millones de pequeñas farolas en el claro cielo.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Cálida frialdad bremense II

Cada vez pasa más tiempo desde que voy al lugar del que escribo y cuando escribo del lugar al que voy. Hace ya mes y medio desde que volví de Bremen, y, una vez más, me asusta lo largo y corto que puede hacerse el paso del tiempo, me asusta cómo pueden convivir perfectamente dos sensaciones tan opuestas. No hace falta estar soñando para que el tiempo flote como un velero...




La estatuta de Rolando observa el paso de la gente y el tranvía en la plaza del mercado, la Marktplatz.


Cálida frialdad bremense, o fría calidez bremense, según se mire. El caso es que, en Bremen, te reciban fría o cálidamente, va a hacer un frío de cojones. En los cinco días de febrero en los que estuve hubo algún tipo de precipitación tanto por la mañana como por la tarde, fuera lluvia, nieve, agua-nieve, calabobos, chirimiri, aguachirri o incluso granizo. Esto hace que el turismo se haga más en los bares y cervecerías que en los lugares al aire libre, cosa que tampoco está mal. Insisto, uno va con la intención turista de verlo todo y pasadas dos horas a la intemperie se te quitan las ganas. Y bueno, a pesar del clima y a pesar de que las mañanas se nos hicieran largas en casa esta vez sí que vi esta ciudad hanseática.




La misma plaza de la anterior foto, pero con otra perspectiva. Adriana, baile mediante, nos señala la susodicha estatua de Rolando, con el Ayuntamiento de fondo. Dice la leyenda que la ciudad de Bremen permanecerá libre e independiente mientras la estatua se mantenga en pie, y, ojo y pestaña, el Ayuntamiento tiene una réplica guardada bajo tierra para sustituir rápidamente la caída.


Bremen tiene fama de gris, pero es una ciudad bonita, tan bonita como pueda serlo una histórica ciudad del Norte de Europa. Sin embargo, Bremen es esa ciudad bonita a la que nunca irías si no fuera porque tienes a alguien allí. Es lo mismo que Tampere, si bien Tampere ni siquiera es bonito (Mi brotha Jotto leerá ésto y se despollará porque con lo que la está gozando en Tampere como si Tampere es una mierda flotante en el Báltico).




Bucólica foto en el parque Am Wall, es un bonito parque con forma semicircular, ya que era la antigua muralla de la ciudad, con río y bosquecillo. Rodea más o menos el casco anitguo. Tiene un antiguo molino donde arriba puedes tomarte unas birracas.


Así pasaron los días, rápidos como sólo pasan cuando lo estás pasando bien. Pasaron entre risas, charlas atrasadas y adelantadas, despreocupaciones, cocina, paseos cortos y "tomaralgos" largos.




Aquí podemos ver el humor del que hace gala el pueblo alemán. Café & Bar Celona, sólo superado por el humor castizo alcalaíno del Bar Tolo del O'Donnell y el Bar Lovento, antiguo Akelarre.


En menos de un año, he estado tres veces en el país teutón. Una por trabajo y dos por amor. Así leído queda cursi, grandilocuente y hasta pretencioso, pero así ha sido. Quizás también hubiera amor en el trabajo y trabajo en el amor, cuando nunca debiera haber amor al trabajo ni demasiado trabajo en el amor. Juegos de palabras aparte, estas visitas hacen que pueda conocer algo por encima las costumbres del país.





Esta chula foto con reflejos en el suelo y el Dom al fondo -si la memoria de la cámara no me engaña- fue hecha un lunes a las 20:58. Es, si no me equivoco, de la calle Obernstrasse, una céntrica calle con tiendas. Como podéis ver, ni un alma, algo normal en Alemania, a partir de las 6 o las 7 de la tarde, poquita vida en la calle.


La verdad que para que quien esté acostumbrado al movimiento de la gente en la calle (aunque luego no hablemos con esa gente, como nos pasa aquí) pues es algo muy chocante, las calles en seguida se vacían. También suele apreciarse esa rectitud y parsimonia que se presupone a los alemanes, aunque cada vez creo menos en este tipo de prejuicios, la verdad. Pero también tienen cosas positivas.




Este verde en el Am Wall puede representar el color que impera en la sociedad alemana, muy preocupada por el medio ambiente, con grandes medidas ecológicas como un estricto ahorro de energía y un constante reciclaje.


Luego con lo seriotes que son, pues también tienen sus jartadas, estas cosas exageradas del Norte con el tema del bebercio:



Lo de la foto lo explica Adriana: "El paseo del carrito de alcohol se llama Kohlfarth. Se hace simplemente porque sí, como el que hace botellón o se va de cañas. ¿Qué se hace? Se queda por la mañana y se lleva un carrito lleno de bebida que hay que beberse durante los 10 km de trayecto que se hacen andando hasta un restaurante en el que se come "Grünkohl mit Pinkels", eso es col verde con unas salchichas que se llaman así, pinkels (ojo, no es una marca, sino un tipo de salchicha). El camino se puede hacer bien en la ciudad bien en el campo."


Aparte de esos excesos, la ciudad también tiene un barrio divertido, estilo Lavapiés o zona Centro de Madrid (donde hay tantas variopintas zonas...), que es el barrio de Viertel. En ese barrio viven los estudiantes, hay bares y kebabs, y parece que más ambiente que en otras zonas. Otra cosa que puedo decir a favor de esta ciudad es que llama la atención el gran número de librerías y tiendas de bicicletas, eso dice algo de la cultura, por no hablar ya de que tienen una emisora que cierto tiempo a la semana emite en latín (eso me dijo l'Adri, yo no hablo ni escucho latín, sólo rosa-rosae...)



Adri posando en una colorista casa de viertel.


Al final estoy escribiendo un poco a trompicones, es lo que tiene el canteo de haber empezado la crónica en la hora de la comida, y luego ir tirando en ratillos delante del ordenador, así no se puede...


Desde que he empezado hasta que he terminado, me han contado que probablemente haya que ir a Alemania, a... ¡desplazar verticalmente la fachada de un gran edificio antiguo! No me he enterado del lugar, pero ojalá pueda haber una "Cálida frialdad bremense III"...

lunes, 23 de marzo de 2009

Jack Panama, el Canal y despedida

Cuando supe que me iba a Panamá y se lo contaba a la gente todo el mundo de primeras lo vinculaba con algo del Canal. Y la verdad que ya que iba a Panamá había que ir a ver el Canal.

Tuve suerte con que uno de los peruanos -Santiago- con los que trabajé fue muy hospitalario y el último día tuvo el detallazo de llevarme en su coche a la esclusa de Miraflores y allí acompañarme. El pobre tuvo doble mérito porque luego me contó que ha ido un montón de veces ya que cuando viene una visita lo típico es ir a ver los barcos cruzando el Canal.ç



Además del papel logístico y financiero de susodicha construcción el canal también cumple un papel turístico, ya que, previo pago, puedes visitar la esclusa de Miraflores (una de las tres que tiene el Canal para poder elevar y descender los barcos respecto al nivel del mar).

Me limitaré a compartir curiosidades que contaban durante la visita: la construcción del Canal la empezó a llevar a cabo Francia, igual que había hecho el Canal de Suez años antes, sin embargo, abandonaron el proyecto ante el gran número de obreros fallecidos (estas muertes no se debieron a los peligros propios de la obra sino a enfermedades transmitidas por los mosquitos de la jungla panameña). Entonces llegaron los de siempre, los estadounidenses, oportunos ellos, y finalizaron la obra, quedándose la explotación del Canal y dos franjas de 8 km a ambos lados del Canal hasta el año 1999, año en el que el Canal pasó a ser totalmente panameño. La ingeniería de las esclusas es majestuosa y simple a la vez, no hay bombas ni motores que muevan el agua, se basa en la teoría de los vasos comunicantes, pura gravedad y pura hidraúlica. El peaje es por toneladas, y el barco que quiera usar el paso del canal deberá pagarlo con 48 horas de antelación, así que los panameños están encantados con los barcos bien grandes y cargados que crucen por el pequño itsmo americano. Este año empezaban las obras de ampliación del canal, ¿por qué?, porque los nuevos superpetroleros ya no caben por las dimensiones actuales. Cruzar el canal, del Caribe al Pacífico o viceversa, lleva 3 días, tanto tiempo se debe a las horas de espera para superar las esclusas, ya que el tráfico marítimo es muy congestionado. A pesar de lo costoso que pueda ser el peaje, a la naviera siempre le merecerá la pena económicamente pagarlo en vez de circunnavegar toda Sudamérica, con el tiempo y repostajes que ello conlleva, aparte del siempre peligroso paso del Cabo de Hornos. Otra curiosidad es que el Canal del Panamá es el único lugar del mundo donde el gobierno del barco no es del capitán sino del propio Canal de Panamá.



Unos transbordadores llevan el barco hasta las esclusas, una vez dentro unas locomotoras arrastran el barco. En esta primera foto la primera esclusa está llena, es decir, el barco aún no ha bajado al nivel del mar.




La esclusa ya se ha vaciado, y con el agua que va yéndose baja el barco, en este punto, las locomotoras arrastrarán el barco hasta la siguiente esclusa, donde se repetirá la operación.


Aquí puede verse en movimiento, a cámara rápida: http://www.youtube.com/watch?v=lXsto9qtG0U

jueves, 12 de marzo de 2009

Jack Panama, la comida

Como ya comenté, Panamá cayó en su día bajo el influjo estadounidense; sabemos que la mano de Franklin, Roosevelt y Lincoln es larga. Y como el influjo gringo se basa en el hambre pues estaba claro que la comida también iba a ser Made in USA.


Con todo esto digo que no había una variada gastronomía claramente panameña. Comí todos los días en el mismo bar-restaurante, el Café Boulevard Balboa, y el menú del día, curiosamente, era bastante parecido a los de un restorán (leánlo con acento caribeño, no se me enojen ni se me pongan bravos) español, así que no eché de menos la comida a la que estoy acostumbrado. Sí que pude apreciar pequeños detalles diferentes: los zumos y los cocktails -cócteles- de marisco y ensalada. Como el trópico manda, pues hay mucha fruta, y por tanto hay mucho zumo, además, a la gente le gusta pedírselos como bebida para la comida en sustitución de la cerveza, el agua o el tinto de verano. Reivindicación del zumo como bebida no sólo de postre. Luego también gustaban de pedirse un pequeño entrante, una copa con ensalada fría y marisco, y un aliño muy alimonado, quizás con lima.




El Café Balboa, estratégicamente situado en la Avda. Balboa, junto a la obra. en primera plano, a contraluz, podemos ver a uno de los numerosos vigilantes privados que abundan en el centro, pistolón al cinto.


El primer día, cuando vi lentejas en el primer plato, no pude evitar pedirlas, con la curiosidad de saber cómo las harían. Muy caldosas, digamos, con muy muy pocas lentejas, y muy sueltas, y trozos bastante grandes de ternera. Pero lo sorprendente de este restaurante no estaba en la carta, sino en la dirección.


El dueño del restaurante era un gallego de más de sesenta años. Para que la casualidad no se quedara sólo en eso resulta que era de Carballiño, donde yo había estado 3 semanas antes. Se vino a Panamá con su mujer cuando tenían veintitrés años y ya no necesitaron volver. Cuando le pregunté que si se vivía bien me contestó que si no para qué iban a quedarse allí. El tío tenía muy buena conversación y no dudaba en sentarse a la mesa. Llevaba muy bien el restaurante, y era un local lleno de movimiento, y según contaban, a cualquier hora. Cuando le comenté que si no servía licor-café o crema de orujo o tarta de Santiago me dijo que no, que eso lo reservaba para el Hogar del Español, que cada dos años se volvía tres meses a la tierra y ya no volvía con los bolsillos vacíos como la primera vez.




Compañeros de laburo y mesa. Representando Colombia, Perú y España.


Panamá quizá no tenga una gastronomía propia, pero a cambio, ofrece toda la gastronomía mundial. Hay restaurantes chinos, japoneses, italianos, árabes, argentinos, mexicanos, españoles, peruanos. Y yo, para cenar, me decidí por estos últimos. Patata rellena, pollo a la andina, rica cerveza Cusqueña o algo así y de postre flan (gracioso que con los giros del idioma siga llamándose flan), que de pura bomba era casi tocino de cielo, claro que yo encantado.




Vistas desde el segundo piso de la torre, como mirando desde el restorán, con vistas a la bahía, Panamá la Vieja al fondo.

Espero haberos hecho la boca agua, ya que escribo a la hora de comer. Uhmm...comer.

martes, 3 de marzo de 2009

Jack Panama, la obra.

La verdad que iba con algo de intríngulis cuando supe que en la obra no habría ningún comercial de mi empresa de la zona ni español alguno de la empresa vasca que nos había contratado. Pero todo fue bien ya que las obras suelen ser todas la misma, y además los peruanos a cargo de nuestra parte de la obra me trataron muy amablemente.

La obra era la construcción de una gran torre en la Avenida de Balboa, una gran avenida que discurre paralela al Océano Pacífico, uniendo la zona que enseñé en una foto llamada el Manhattan de Panamá y Panamá la Vieja, el casco antiguo de la herencia española. Esta zona está siendo remodelada, intentando ganar terreno al mar para crear un gran paseo marítimo que pueda quitar también terreno al tráfico.

Gracias a este viaje supe que en Panamá viven numerosas nacionalidades y razas. En el país abunda principalmente el mulato y el mestizo. Pero curiosamente hay también inmigración china, japonesa y filipina. Aparte están los colombianos que buscan una vida mejor en la cercana Panamá. Ya comenté que también se venían los amigos de la circuncisión. Algo digo yo que quedará de los gringos que tanto tiempo ocuparon el país. Y, cómo no, hay gran colonia vasca, gallega y canaria (hablaré más delante de un gallego de Carballiño que llevaba ya 42 años en Panamá, curiosa coincidencia, ya que hace tres semanas estuve en Carballiño). Esta mezcla de gente se apreciaba en la calle, y como sabéis, la mezcla es bella.




Foto vertical acorde con un encofrado vertical para alcanzar la torre ya construida.



Todo este mejunje de naciones y nacionalidades tenía que notarse en la obra también. La promotora vete a saber de dónde era, la empresa constructora de la arquitectura e ingeniería era colombiana, así como sus trabajadores. La empresa encargada del encofrado que forma la estructura de hormigón del edificio española, habiendo siendo los encargados primero españoles y ahora peruanos. Y los currelas, pues mulatos panameños, principalmente del Chorrillo.

Por lo que vi y me contaron, el mundo de la construcción en Panama es bastante curioso. Es habitual que la gente falte a trabajar, especialmente los lunes, así que las empresas se las ven y se las desean para formar una plantilla regular. Hay un sindicato de la construcción bastante fuerte, yo no estuve los suficientes días como para comprobar esa fuerza, pero la presencia era evidente. Me contaron que cuando había problemas con la gente, pues que saboteaban las obras, eso era el punto de vista de la empresa promotora y yo no lo vi, pero sí que vi que en la obra había carteles rezando así “Prohibidas las armas de fuego”, ya que el país se tira de hierro con asiduidad.




Aquí se aprecia la estructura de hormigón en la construcción de los primeros pisos.



Si digo que los obreros trabajaban poco estaría faltando a la verdad, porque curraban duro como en cualquier otro lado. Pero sí que es verdad que tendían a la distracción, y por ello, los jefes y capataces suelen recurrir al incentivo. Además había mucho humor y vacileo, que podía convertirse en movida, cosa que, bien mirado, tampoco se diferencia mucho de una obra española.

En el trabajo, al igual que en el resto de ámbitos los términos eran diferentes. Donde aquí decimos encofrado allí dicen vaciado, donde se dice hormigón se dice concreto, donde ferralla hierro. Nosotros optamos por transformar a relé, allí se quedaron con relay.





Paneles de encofrado, poleas, ferralla, estructura de sujección, etc.



Voy a hablar de un par de conversaciones que presencié, una vez fui cogiendo confianza con los currelas.
El último día, el encargado peruano, tras tres meses, dejaba la obra a cargo de los panameños, quienes se suponía que tras el aprendizaje ya se podían encargar del sistema de encofrado vertical. Me hizo mucha gracia que uno de los obreros, sin cortarse, le comentó: “Bueno, jefe, tres meses, le va a partir usted a la mujer”, y entonces otro a éste le decía “Cómo no, pana, eso tanto tiempo hay abajo quema”.

Y ahora, una conversación con uno de los obreros que tenía interés por la máquina.

El panameño: “Y esto de los numeritos, ¿qué es?”.
El menda: “Es un nivel electrónico. Esto que muestra ahora mismo es el nivel del aceite, es lo que muestra por defecto. Pero si le das a este botón te muestra la temperatura del aceite, ¿ves? 35 º”.
El panameño: “Ah, sí”.
El menda: “Bueno, son grados centígrados, como aquí tenéis medidas americanas, a lo mejor lo tendré que poner en grados Fahrenheit, ¿en qué medís la temperatura?”.
Veo que pone cara de que no entiende, entonces como pienso que con lo de centígrados y Fahrenheit le estoy liando, para que nos entendamos le pregunto:
“Bueno, ahora un día así como hoy, de verano, qué temperatura hace”.
El panameño: “Ah, uno no sabe, hace calor, siempre así, uno no entiende de temperatura”.

Creo que en su ignorancia hay sabiduría, y lo digo de verdad.




Aquí tenemos a algunos del grupeto, uno de ellos con la chamarreta del Barça, tú.


En las conversaciones pues salió lo típico, lo que yo llamo “Conversaciones En mi pueblo esto es así, cómo es en el tuyo”. En ellas aprendí que a ponerse to’ pedo le dicen “ir bien gomado”, a salir de fiesta le dicen “fiestear”, “parrandear”.

Un ejemplo: “Los viernes a la noche la guagua parrandera viene a full”. Los viernes por la noche el autobús de fiesta está a tope. Allí es muy normal los autobuses para fiesta, es decir, dentro se pone música y se bebe y se da vueltas por la ciudad. La verdad que lo de la guagua parrandera suena de puta madre.

Yo todo esto no lo conocí, y la verdad que también me quedé con las ganas de ir a un casino, aunque fuera para echar una fotos y contar alguna anécdota. Pero, cosas del “yetlá”, daban las 9 de la noche y caía fulminado.

lunes, 2 de marzo de 2009

Jack Panama, las primeras impresiones

Nada mas viajar del avión, la humedad y el calor se encargaron de que me diera cuenta de que era verano y de que estaba en el trópico. El olor del ambiente cargado de humedad me recordó a Vietnam.

Al coger el taxi para el hotel también supe que ya no estábamos en Europa: los taxistas que esperaban se dedicaban a ir agrupando a los recién llegados turistas según al hotel al que fueran, y entonces llenaban el tequi y a todos nos cobraban un precio según le dé al peseto de turno. Once dólares americanos –ya sabéis, esos billetes verdes grandes que hay en todos lados y en los que pone In God we trust y toda esa mierda-. Me tocó con una pareja de alemanes, creo que fueron algo timados ya que al ser una pareja debieran haber pagado once dólares conjuntamente y no cada uno.

El peseto era de los habladores, aunque luego vería que la gente panameña es de conversación fácil, cosa que siempre gusta. El tío me llamaba pana y en el hablar metía palabras inglesas como a full, chance; palabras de la zona que yo no encendía o palabras adaptadas del inglés –Espérese, pana, vamos a parar a tanquear-. Vi que el acento panameño se acercaba más al caribeño o colombiano que al mexicano, un español dulce y sabroso que creo que se pegaría en cuanto estuvieras un par de meses por allí.




Las solitarias calles el domingo por la noche



En el trayecto, lo primero que llamo mi atención fue la falta de alumbrado a todos los niveles. Desde el aeropuerto de Tocumen al distrito financiero de Ciudad de Panamá se va por una autopista de peaje y se toma la Panamericana que hace de circunvalación (no tenia confi con el peseto como para decirle que parara y hacerme una foto en un cartel de la Panamericana, la ruta que enlazando carreteras va de Alaska a Tierra del Fuego en Argentina o al revés), ninguna de las dos tenía el más mínimo alumbrado. Ya en el centro de la ciudad lo mismo, las calles que no se consideran principales, no tienen ni una farola. Esta oscuridad reinante, junto al hecho de que llegué un domingo por la noche, daba un aspecto bastante fantasmagórico al centro de la ciudad. En la ciudad también se nota la influencia estadounidense: en el dólar, en la ropa, en los coches, en la comida, en la televisión.



Vista desde el hotel el amanecer del lunes


Me hospedé en el Hotel Riande Continental, un cinco estrellas, aunque tampoco era para tanto. Yo quería haber cogido un hotel en la Avenida de Balboa, una especie de paseo marítimo donde estaba la obra. La gente de la empresa de Panamá me desaconsejo esta elección y me recomendó el Veneto, otro cinco estrellas del distrito financiero. En la zona de Balboa había mucha actividad callejera –putas, gorrillas, busqueros, etc- pero tampoco había una peligrosidad extrema, ya que no era una zona solitaria y había colegios, hospital, oficinas y restaurantes. Pero les hice caso, aunque en vez de ir al Veneto –me parecía una pasada- fui al Riande. Este Riande era un hotel enorme, algo antiguo, al estilo de los hoteles para turismo en masa del Caribe, mucha vigilancia y mucho servicio con walkie-talkie por todos lados. No tenia grandes lujos, supongo que las cinco estrellas se basaban en que tenia piscina, gimnasio, restaurante y casino durantes 24 horas, non stop.




Barrio del Chorrillo, que junto al barrio del Borondon, forman los barrios mas peligrosos de Panama. La zona realmente peligros y problematica es Ciudad Colon, en el lado caribeño del Canal, urbe controlada por la mafia.



El caso es que al llegar pues me di a dar una vuelta y a buscar un sitio para cenar. Este distrito financiero podía estar en Ciudad de Panamá como en Nueva York como en Frankfurt, es decir, nada lo hacia especial ni diferente. Avenidas y manzanas cuadradas con numeración a la estadounidense, tiendas de marcas internacionales, hoteles, casinos, y restaurantes de comidas internacionales. Al final encontré un sitio sencillo, era una cafetería-restaurante, también 24 horas, podía recordar a uno de esos restaurantes de carretera de las películas americanas. En el menú ofrecían platos que perfectamente habría aquí, así que pregunte por algo típico de la zona, y lo que más se acercaba eran unas tortas de maíz y una carne encebollada.



Aqui vemos a un fanatico del Madrid. Alli se sigue la liga española, y se vive la rivalidad Madrid-Barcelona. Sin embargo, el deporte rey en Panama es el baseball.


Me volví al hotel por unas calles todavía más solitarias y me dormí con el cansancio del largo viaje y la curiosidad por los días venideros.